martes, 12 de febrero de 2013

Hacia el invierno alemán

Te levantas una mañana, más temprano de la cuenta porque ese es el día, el día que tu vida va a cambiar aunque aún no sepas cuanto y seguramente al final de aquel día sigas sin saberlo aunque ya lo haya hecho.

Fue una mañana de nervios por parte de todos, se notaba en el ambiente, preguntas irrelevantes, todos estaban acelerados salvo el pequeño de la familia ajeno a todo lo que pasaba, sólo quería jugar y pasárselo bien.

La aventura empezaba por donde tantos viajes había realizado anteriormente en una línea de autobuses regional que parece dar la vuelta al mundo sin dejarse ningún rincón por explorar, pasando por cada uno de aquellos pueblos por los que tiempo atrás había recorrido con asiduidad, pero aquel día todos habían cambiado, ya nada parecía el mismo sitio por el que tantas veces había transcurrido apenas tres años atrás, parecía como si todos se hubiesen dado la vuelta.

Llegando a su destino, como cada ruta, tomamos el metro y oigo ese sonido que me trae buenos recuerdos de Valencia, ese metro a punto de partir y el sonido al acelerar. Aunque ya no me parecía como lo recordaba, caminos antes recorridos, en ese momento me parecían totalmente nuevos. Subiendo al aeropuerto, llegando a facturación, dejando allí esa maleta con todas mis cosas confiando en que no se pierda, pues ahí llevo casi todo lo que necesito. Pones la maleta y haces algún tipo de plegaría para que dé el peso, el chico que había delante de mi había sacado 3 o 4 pares de zapatos y algunas toallas, para cumplir con el peso, en el mismo momento de dejarla 20kg y suspiro de alivio, peso exacto.

Te encaminas a pasar el control, un momento en el que todos nos debemos semidesnudar, saca el ordenador de la mochila, la calculadora, dejas el abrigo, un abrigo en el que llevas 4 kilos de cosas, libros, cargador del móvil, el del ordenador y mil cosas más que crees que pesan mucho y que vas a necesitar y que aprovechas cada hueco para meter y que no supongan peso extra porque en tu equipaje de mano ya llevas 13 kilos. Te quitas las botas y a punto de pasar el control te acuerdas del cinturón, te lo quitas rápido mientras todas tus cosas están pasando por la cinta.

Se pasa el arco sin ningún sonido y todas tus cosas allí, ninguna de ellas han llamado la atención de la responsable del control, raudo vas a coger todo y ponértelo de nuevo, en una ciudad a 25ºC con un abrigo que pesa más de cinco kilos, allí hacía mucho calor, yo tenía mucho calor.

Empiezas a caminar directo a la puerta de embarque, llegas con media hora o más de margen y no ves allí mucha gente, una pareja de ancianos que habían subido desde el metro contigo y una mujer rubia con ojos azules con una niña igualita hablando con los mayores, decía que llevaba 10 años en España, hablaba un español perfecto, algún pequeño fallo, pero nada importante, ¡hablaba español mejor que yo! Nacida en Alemania se había casado con un español y ahora volvía a casa. Quizás en 10 o 12 años uno haga el viaje a la inversa hablando un alemán, digamos, aceptable, ese es el objetivo, ¿no?

Por fin tras una espera más corta de la impresión que tú tienes se comienza a pasar al avión, todos metiendo la maleta en la cajita metálica para ver si cumple las dimensiones, yo un poco preocupado por la posible presencia de una báscula y por la dificultad que pueda tener en introducir la mochila ya que es el primer viaje que hago con ella y aún habiendo leído en internet que era perfecta para el avión yo no confiaba en que me la dejasen pasar, parecía muy aparatosa ¡y con 13kg dentro! Suerte que no registran las chaquetas ni abrigos, porque yo entraba en el avión casi con 20kg más de lo que yo peso.

Un avión a la mitad de su capacidad y tú sentado junto a la puerta de emergencia, ahí sí se puede ir, puedes estirar las piernas e ir bastante cómodo, se te acerca con simpatía la azafata y te dice que estás en una puerta de emergencia que tienes que leerte las instrucciones y ayudar a la gente en caso de que sea necesario. Te sacas un bocadillo que traes de casa mientras oyes anuncios y promociones típicos de las empresas de low cost, te venden de todo en un momento, mientras pasa y te estás comiendo el bocadillo, piensas: “un poco de bacon le pondría yo”

Anochece a 30.000 pies de altura y te aproximas al aeropuerto de destino, donde has reservado un transporte que te está esperando, entonces con ese inglés de pub irlandés el capitán de la aeronave te trata de explicar que estamos volando en círculos aguardando a que limpien la pista de aterrizaje para tomar tierra. Funzehn minuten später crees oír como todavía esperaremos 10 minutos más para que limpien la pista de aterrizaje, esperamos esos diez y otros pocos de propina y nos dicen con un inglés indescifrable que el avión se desvía a un aeropuerto a 45 km de Memmingen.

Piensas en que el avión aterrice, te acuerdas de las noticias de esta empresa de vuelos baratos que decían que volaban con poco combustible y empiezas a preguntarte dónde vamos, mi destino final estaba a 45km del aeropuerto, ¡a ver si vamos a ir a ese aeropuerto! sería demasiada suerte... Así que no, volamos a Friedrichshafen, un aeropuerto al sur de Alemania junto al lago Costanza, a 50 minutos en tren de Biberach an der Riß la ciudad donde me dirijo. Después de toda esta espera me ha tocado la lotería, el trayecto es mucho más fácil, corto y barato que desde el otro aeropuerto, no me lo podía creer.  Solo con tocar Alemania mi suerte ha cambiado.

Me despido de la gente que había conocido allí, nos intercambiamos correos y conoces un nuevo caso de un cerebro que se ha marchado de España, un profesor de la UPV que se va a investigar y dar clases a Alemania. La noche y la aventura no ha hecho sino comenzar, ahora buscas un tren para la ciudad Stadt. El tren pasa en 2 minutos, llegas a las vías del tren y te subes en el primero que pasa con dirección a la ciudad, dentro te preguntas cuál es tu parada. No puedes dudar en esa situación y ves un señor y te acercas a él con tu “mejor” alemán. Entschuldigung, bitte! Könten Sie mir helfen? Con un alemán chapucero le tratas de decir que quieres llegar a la estación de trenes, que cuál es la parada Hafen oder Stadt. Finalmente, en inglés te dice el amable caballero dónde pararte y comprar un billete para el destino. No sé cuántos hombre habrá en Alemania de 60 años que hablen inglés, yo me encontré con uno.

Mientras esperas en un cuarto que la estación tiene abierto para que los viajeros más trasnochadores se resguarden del frío, ves gente de todas partes y de todas las condiciones. Esperando la inminente llegada del tren descubres un par de mujeres españolas, una chica que se fue a trabajar allí 5 años atrás y su madre que habría debido ir a visitarla. Resulta que viven en mi misma ciudad y que hay una pequeña comunidad de españoles en Biberach, los españoles somos una invasión por todo el mundo, allá donde vayas habrá uno o más.

Finalmente el tren llega a la ciudad, te bajas y ves todo nevado, aunque notas que el frío no es tan intenso como te habían contado, es poco más que una noche fría de Albacete, claro que según me contó mi Mentor eso es una noche calurosa del invierno Alemán.

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